............Nuestra miseria cognitiva nos predispone a hacer juicios súbitos de las cosas con una simple ojeada, metiéndolas en un saco o en otro como si la complejidad, el sincretismo y la heterodoxia fuesen imposibles, como si, para lo que nos interesa, las mejores obras no contasen con los múltiples ingredientes y la variedad tonal de la misma vida, incluso las de evasión, y como si por eso no nos identificásemos con las inquietudes de irrelevantes seres de ficciones y mentirijillas, como si eso no fuera lo que nos subyuga. Y si nos rendimos a la obsesión clasificadora, de las etiquetitas, digamos de una vez que no hay géneros menores si huyen en principio de la frivolidad, que en todos hay películas hermosas y osadas, que uno no ha de considerarse un entendido en cine si no los atiende, pues ello implica una carencia, y que además de reproches, compasión es lo que deben recibir los que eligen ignorarlos, porque es inevitable que se pierdan las maravillas que se esconden entre la paja y la farfolla de esos géneros.
............El buen cine que las convenciones han dado en llamar de acción y aventuras, del que lo propio es el combate y el movimiento, padece un estigma de inferioridad que lo relega a la función de entretener, al mundo de lo que se supone palomitero y efímero; y en
Piratas del Caribe confluye esa condición, inoportuna y enojosa donde las haya, y la muy particular de la fantasía: si la sensación carpentieriana de lo maravilloso exige suspender la incredulidad lo que esta dure, transigir con lo extraordinario, que no con lo inverosímil, y entregarse a la ficción y al insólito cosmos que se nos ofrece, la incapacidad para ello se me antoja de una grave incomprensión artística, casi una tara de la mente y, sin duda, de la creatividad y la imaginación. Pero habiendo superado los prejuicios y ofuscaciones que enturbiarían el análisis, si uno se acerca a
Piratas del Caribe con el ánimo de ver triunfos, las mismas grandes cosas que se buscan acudiendo a cada proyección, no sólo puede divertirse sobremanera con las correrías del capitán Jack Sparrow, un bribonzuelo de los mares y extravagancia suma, sino incluso sorprenderse por la potencia visual y narrativa de Gore Verbinski, que dirigió tres de las cuatro partes de la saga.
............A quienes adoran el cine siendo honestos, y a los que sentimos un interés profundo por las distintas maneras de narrar, los que abominamos el análisis del arte desde una ideología política y la discriminación de épocas, géneros y formatos, que invitan a sugerir que algunos se dediquen a otras labores porque no valen para esto de analizar, los que nos empeñamos en una perspectiva independiente al fin, no nos arredran los productos ni las obras comerciales. Y no hay duda de que las

películas de
Piratas del Caribe lo son, pero eso tampoco las desluce ni deshonra, pues no apuntan a lo más bajo, a lo más visceral y estúpido, sino que hallan un equilibrio entre aquello con lo que se mercadea y las pretensiones del arte más lícitas y defendibles.
............El guion de la trilogía inaugural es un ejemplo de cómo ser considerado con el público, entregándole una historia gustosa y elaborada. No hay ni un personaje mal perfilado o inservible, y uno disfruta con la presencia de tipejos como Barbossa y Davy Jones, los inconmensurables Geoffrey Rush y Bill Nighy, y del brío creativo de la banda sonora compuesta por Klaus Badelt, al que sustituiría su maestro, el célebre Hans Zimmer, encaminándola hacia composiciones vibrantes y heterogéneas. Pero el mayor hallazgo, el logro que perdura en la memoria, es el pícaro insolente y audaz que protagoniza
Piratas del Caribe, y el porte amanerado, nervioso y tambaleante que le da Johnny Depp en una de las creaciones más valientes, genuinas e inusitadas de su exitosa pero asimétrica carrera. Bien es posible insinuar que Sparrow pudo haberse caído en una marmita de ron siendo un chavalín.
............Hace algo más de un lustro,
La maldición de la Perla Negra dio la campanada, o el trabucazo de salida, y dejonos boquiabiertos con bandido tan singular, cuya idiosincrasia nos sedujo y aún seduce, y el ambiente que frecuenta, sórdido, traicionero e hilarante, ese mundillo en el que lo fantástico es creíble, pudo con un servidor como con multitudes. La trama fundacional cautiva y nunca abruma, aunque la considero un pelín caótica, e imagino que el director se inhibe un poco. Por el contrario, en las dos primeras secuelas, Verbinski goza de mayor libertad y se permite florituras, un buen número de virguerías visuales y, en ocasiones, hasta cierto lirismo inesperado, del que estremece y eriza la piel.
El cofre del hombre muerto se revela como la más redonda de la saga, por su buen ritmo, su espíritu decididamente gótico y la certera dosificación de alardes técnicos, chistes y vaivenes dramáticos.
En el fin del mundo es más confusa, pero emocionante y de mayor épica; y puesto que sus últimos minutos presagiaban que la historia no iba a terminar entonces, también llegó la cuarta parte,
En mareas misteriosas, que parece habernos traído el declive, y barrunto que así va a ser si no recuperan a Verbinski o le ceden la batuta a otro director con más energía, destreza y salero que Rob Marshall para las presumibles continuaciones.
............Este sustituto carece del virtuosismo de Verbinski; no rueda con desgana pero sí con rutina o sin ingenio, no apura bien las situaciones, sus imágenes no impactan ni en ellas late pulso alguno, y todo cisco de espadachines que filma se me antoja impostado. El guion, siempre de Ted Elliott y Terry Rossio, aquí flojea y decepciona, pues resulta mucho más simple en las motivaciones y animadversión de los personajes y en el mismo desarrollo de la trama, menos sandunguero y ocurrente que los pasados, y hasta el ridículo consigue colarse en sus golpes. Ni siquiera a Zimmer se le ve muy acertado con su partitura, refrito decadente y sin vigor en el que es un estorbo su empeño latinizante. Las interpretaciones son correctas, no deslumbran, y por supuesto, la química de Johnny Depp con la irregular Penélope Cruz no tiene ni punto de comparación con la que al primero le garantizaba Keira Kightley. Necesitamos empuje, talento e inventiva, los de las tres obras originales a la postre, para reflotar el oscuro navío de Sparrow del piélago pasadero que ahora surca, y que así se pueda creer nuevamente que la vida pirata es la vida mejor.